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Voces - Volume I - Spring 2006
Narrative
Roberto
Yo me siento aquí en el rincón del Café Verano pequeño y gastado. No puedo creer
que tenga que venir finalmente a este lugar. No hay mucha luz, solamente tres ventanas al
frente del café y algunas lámparas torcidas que están colgando del techo. Tres
otras personas se sientan en el café. Un abuelo viejo con un gorro marrón está
leyendo un periódico y bebiendo de una taza llena de vapor. A su izquierda, un
hombre de treinta años come un bizcocho y escribe rápidamente en su cuaderno.
Cerca de una ventana, una mujer grande con un vestido morado bebe de una taza
amarilla y mira fijamente a la ventana. Ella bebe y mira, bebe y mira.
Pero ellos no me interesan. Yo veo solamente el mozo del
mostrador. Mientras él lava cuidadosamente las tazas amarillas y rojas, silba
una melodía clásica. Tiene ojos marrones e intensos como yo. Es alto y muy
delgado, con pelo largo y alborotado. Conozco ese pelo. Es mi pelo.
Quiero correr al mostrador. Me gustaría abrazar a este
hombre y bailar en el café soñoliento. Quisiera gritar al mundo --¡Es
Roberto! ¡Finalmente, es mi hermano! --Quiero cantar su nombre y reír a causa
de los largos años, pero necesito llorar por el tiempo que he esperado.
Yo tenía solamente seis años cuando mi hermano se fue de nuestra casa en una rabia
enorme. De la puerta, Papá estaba gritando y gritando. La vena en su frente
latía y él amenazó a Roberto. Golpeó su pie en el peldaño con cada palabra. Mamá
estaba llorando en la mesa, la cara en sus manos. Un tiempo después, mi padre se
paró y un silencio tremendo invadió la sala.
Después de este momento, no vi nunca a mi hermano. No hablábamos de él. Mamá y
Papá no mencionaban nunca su nombre. El nombre de Roberto. Pero siempre yo le
recordaba. Su cara estaba oscureciendo en la memoria de una niña, pero no podía
olvidar su presencia.
Y ahora, despúes de veinte años, cuando tengo veintiséis
años en vez de seis, he descubierto a Roberto. Trabaja en el Café Verano, a
doce bloques de mi oficina. Él se acuesta por la mañana en la misma ciudad que
yo. Mientras yo escribo en mi ordenador, está mezclando leche con espresso. Mi
hermano, quien se evaporó de mi vida como café en el sol caliente, está aquí, a
trece pies de mi mesa en el rincón del café.
Me levanto de mi sillón. Roberto está sacando las tazas
amarillas y rojas. Puedo ver solamente su espalda. Me acerco al mostrador y
una tabla del suelo cruje. Él se da la vuelta y me ve. Sus ojos son mis ojos,
los ojos de mi padre; su nariz es de mi madre, sus labios son de mi abuelo.
Somos del mismo tamaño y la misma persona, pero él no me conoce.
--¿Puedo ayudarla, señorita? --dice Roberto.
Quisiera llorar, gritar, bailar y cantar. Pero me sonrío
solamente.
--Un café, por favor --digo. Roberto sirve el café
lentamente. Nuestros dedos se rozan cuando yo pago.
--Gracias --digo.
Y entonces me doy la vuelta y paso al lado del abuelo con
el gorro marrón, el hombre de treinta años, y, al final, la mujer grande que
bebe y mira, bebe y mira. Salgo del Café Verano con mi taza amarilla y un paso simple y fácil.
Anna Drapkin
Español 21
El amor es el ganador
La historia sobre cómo mis padres se conocieron es
increíble. Ésta continúa a asombrarme cada vez que la cuento, aunque la escuché
y la dije mil veces al menos. Y ésta es:
Hace mucho tiempo, cuando yo no estaba en sus planes
todavía, mi mamá era una estudiante en una escuela secundaria y mi papá era un
maestro en ésta también. El año era 1973, y algo extraño estaba en el aire – el
amor...
Mamá siempre era una chica tímida, especialmente cuando
tenía diecisiete años. Cuando era niña ella tenía varios problemas con un grupo
de otras chicas. Ellas se reían de su ropa, su pelo, y de sus grandes zapatos
verdes. Mamá nunca les dijo nada a mis abuelos, y por eso, ellos no pudieron
entender por qué su hija estaba triste. Sus amigas, que la conocían desde que
ella nació, no tenían el valor para decir una palabra. No pienso que ellas no
podían decir nada cuando el grupo de chicas se reían de mi mamá, sino que ellas
no querían hacerlo. Tal vez se divertían – y no me gustan las chicas como
ellas.
Un día, un joven fue a una entrevista a esa escuela, y
cuando él caminaba derecho, se cayó. Mi mamá, que estaba cerca del lugar, lo
ayudó. Después de que ese hombre le dijo "gracias", él comenzó a correr y le
dijo: "gracias, gracias, te voy a ver una vez más". Mi mamá estaba muy
contenta, y por la semana próxima ella soñó sobre ese momento. Un mes después,
ella encontró a su primer amor verdadero.
Papá estaba muy nervioso antes de la primera lección. No
pudo dormir la noche antes, y estaba muy cansado también. Caminó a la clase, y
supo algo muy interesante. La chica que le ayudó se sentaba en la esquina
derecha de la clase. "Dios mío", él pensó, "¿tú eres una estudiante en mi
clase?". Mi mamá le dijo, calladamente, "sí señor". El hombre sonrió. Por
supuesto, todas las chicas en la clase estaban contentas porque ese hombre era
muy guapo y tenía sólo veintitrés años. Pero mi mamá le llamó a él primero...
En conclusión, ellos salieron por dos años, y más tarde
se casaron. La escuela supo que un maestro tenía una novia que todavía era
estudiante, y lo despidieron. El hombre, si yo no dije ya, es mi papá. ¡Qué
hombre!
Eyal Amit
Español 2
Estampas de mi niñez
Mi niñez era un tiempo muy divertido y lleno de
experiencias importantes. Para demostrar esto voy a describir dos eventos
importantes de esta etapa de mi vida. El primer evento pasó cuando tenía once
años. Mi familia y yo visitamos una finca en el estado de Georgia. El dueño de
la finca, Jorge, era un amigo de mis padres y mis padres creían que mi
hermano y yo debíamos ver su finca. Cuando llegamos, Jorge nos enseñó todos sus
animales. Jorge tenía muchos animales como gallinas, cerdos y caballos. Yo
estaba tan contento porque yo amo los animales. Mis favoritos de sus animales
fueron sus caballos porque son tan fuertes y majestuosos. Fue entonces cuando
Jorge preguntó si queríamos montar a caballo. Por supuesto, dije que sí
inmediatamente. Monté uno de los caballos con la ayuda de mi padre. Cuando
empezamos a andar, los caballos iban muy lentos y no era un problema. Esto
cambió cuando llegamos al pie de una colina. Los caballos galoparon muy rápido
hacia la cima de la colina. En ese momento, estaba muy asustado y jalé
las riendas. Sólo tenía once años y no era muy fuerte, entonces el caballo no
respondió. No paró de galopar. No pude controlar al caballo y solté las
riendas y por eso me caí. Cuando me caí me fracturé la pierna. Mis padres
estaban horrorizados y Jorge pedía constantes disculpas por su caballo. Esta
historia es importante porque a fines de todo todavía no me gusta montar a
caballo. Hoy en día tengo un poco de miedo de los caballos y trato de
evitarlos.
Mi segunda historia es un poco más temprano en mi niñez.
Este evento pasó cuando estaba en la escuela primaria en el segundo grado.
Tenía como seis años y estaba empezando en una nueva escuela que era muy
diferente de mi escuela anterior, por eso yo estaba muy nervioso. Mi maestro
era el Señor Rodríguez y quería que la clase leyera un libro de historias. Los
otros estudiantes empezaron a leer pero yo sólo miraba mi libro. No podía leer
todavía y por eso no entendí lo que decía. Por estar tan frustrado empecé a
llorar. Los otros estudiantes me miraban y el Señor Rodríguez trató de
consolarme pero mí llanto era incontrolable. Uno de los otros estudiantes
empezaba a reír y otros me querían ayudar. El Señor Rodríguez empezó una de las
otras lecciones para que me calmara. Cuando fui a mi casa estaba triste y
avergonzado. Este evento es importante porque después de esto, fui muy dedicado
a mis estudios. Estudié muchísimo porque quería enseñarles al Señor Rodríguez y
los otros estudiantes que podía hacerlo. Al final del año yo terminé con
honores y con el respeto de mi maestro y mis compañeros de clase. Es muy
importante para mí que si no puedo hacer algo, que aprenda cómo hacerlo.
La niñez es un período muy importante. Está lleno de
buenos pero también malos momentos. Estas son las experiencias que determinen
quiénes somos. Estas dos experiencias son ejemplos de esto porque muestran cómo
un suceso puede cambiar a una persona para siempre. Espero que con estas
historias mostré esto.
Antonio Navarro
Español 21
Como se conocieron mis padres
Cuando era niña, mi madre vivía cerca de mi padre, pero
no lo conocía a él. Mi padre vivía en Mundelfingen y mi madre vivía en Blumberg,
una ciudad pequeña cercana. Pero porque mi padre tenía cinco años más que mi
madre y los dos no iban a la misma escuela, no se conocieron nunca. Por último,
después de la escuela, mi madre fue a Hamburg, en el norte de Alemania, para
estudiar arte. Y mi padre, ¡qué coincidencia!, fue a Hamburg para estudiar arte
también. Yo creo que se conocieron por primera vez allí, probablemente en la
universidad. Pues, eran los años sesenta, una época muy interesante en Alemania
también. Mis padres participaban en demostraciones contra la guerra en Vietnám y
a la reestructuración del sistema universitario en su universidad. Yo creo (pero
no sé exactamente) que mis padres se enamoraron en ese tiempo. Pues, vivir en
Hamburg no era fácil, especialmente porque mis abuelos no eran muy ricos. Mis
padres necesitaban trabajar mucho, y no podían vivir juntos. Pero era claro que
ellos iban a estar juntos. Finalmente, después de graduarse, mi papá encontró un
puesto en Freiburg, en el sur de Alemania, y mi madre se quedó embarazada. Por
eso se mudaron a Freiburg a un apartamento y vivían como una familia ordinaria
desde este momento.
¿Qué más se puede decir? La vida en Hamburg y el
activismo político de ese tiempo eran muy importantes para la vida de mis
padres. Por ejemplo, solamente se casaron en el año 2005, más de treinta años
después de conocerse.
Philipp Brugger
Español 2
Autobiografía
Para las vacaciones
de Thanksgiving, me fui a New York con amigos míos. Soy francesa y, para mí,
descubrir esta ciudad que ya había visto en tantas películas o que había querido
a través de numerosos libros fue un encantamiento a cada momento. Visité el
Metropolitan Museum of Art (y una fantástica exposición de dibujos de Van Gogh).
También disfruté de las tiendas de la Fifth Avenue y de los saldos del viernes
negro. Pasé cuatro horas en el MOMA, descubriendo obras de arte moderno que
nunca había visto. Esos días fueron fantásticos, ir a New York fue una
experiencia inolvidable. Pero no fueron los museos ni las atracciones turísticas
que tuvieron unas tremendas repercusiones sobre mi vida. Hice en el metro un
encuentro que cambió mi visión del mundo.
El segundo día de nuestro fin de semana en el corazón de
la ciudad que nunca duerme, decidimos ir al museo. Somos estudiantes y no
tenemos mucho dinero, por eso nuestra manera de circular no es un taxi amarillo
sino el metro. En ese metro estaba sentado un hombre que leía un periódico. En
París donde vivo, no es un crimen mirar los títulos del periódico que lee su
vecino. Pero, ese día, aprendí que, a veces, es mejor no ser tan curiosa. El
hombre, cuando vio que yo estaba mirando el periódico, empezó a insultarme. Me
dijo que yo era una chica rica y blanca, que el hecho de que pertenecía a una
clase social alta (según su opinión) no me acordaba el derecho de mirarlos, a él
y a su periódico. En efecto, he olvidado precisar que el hombre era negro y que
parecía pobre. El hombre siguió diciendo que estaba seguro de que yo no podía
creer que él supiera leer, porque era negro y que, seguramente, en mi opinión,
los negros no tenían educación. Anadió que, como representante de la comunidad
blanca, yo le debía mucho dinero por lo que sufrió su pueblo antes de la Guerra
Civil. Ese discurso duró diez minutos. Diez interminables minutos, sin una
intervención efectiva de los otros pasajeros. Por fin, salí del metro sin
problemas y me fui al museo, una actividad de chica rica, como parece.
Era la primera vez que alguien me insultaba porque era
blanca. Ese episodio fue mi primer encuentro con el racismo, un racismo del cual
yo era la víctima. Lo que pensé (y sigo pensando), es que este hombre
probablemente había sufrido mucho el racismo para tener tal discurso lleno de
odio. No le odio, al contrario le agradezco porque me abrió los ojos sobre una
realidad que no veía. Hizo que me diera cuenta de que el problema del racismo
está relacionado con la pobreza. Y que un primer esfuerzo para que el racismo
sea menos importante sería cumplir una mejor distribución de las riquezas, a fin
de que las personas se sientan menos excluidas y partes integrantes de la
sociedad. Eso, como estudiante de ciencias políticas, ya lo sabía. Pero poner
una realidad sobre un fenómeno abstracto puede ayudar en formar parte de un
proyecto concreto. Este semestre, cada semana, doy un poco de mi tiempo a
personas que viven en la calle. No es mucho, pero es mi manera de responder a
ese hombre que me insultó.
Adeline Braescu-Kerlan
Español 22
Mi niñez
Mi niñez fue más o menos despreocupada- pero yo preocupaba a mis padres mucho
porque era una niña loca. Asistí a una escuela interesante, donde conocí a
muchos de mis mejores amigos, y la combinación de este ambiente y el de mi casa
me daban mucha libertad para aprender maneras apropiadas. El ambiente de
mi crianza ha afectado lo que me importa, y la senda de mi vida. Era una
niña difícil a veces, pero siempre tenía el apoyo de mi familia y mis maestros,
y por eso cambié mis modales.
Cuando tenía seis años, un doctor me diagnosticó con el
síndrome de Toretes. El diagnóstico me dio permiso de actuar como quería.
El hecho que podía actuar de cualquier manera sin castigos era un poco
peligroso. No tenía los síntomas usuales— nunca gritaba malas palabras ni tenía
los tics. Pero nunca mostraba dominio de mí misma. Cuando recibí el
diagnóstico, mi comportamiento llegó a ser peor. No tenía una motivación de
portarme bien en la escuela porque mis profesores aceptaban mi conducta.
La educación de mi niñez no fue típica porque asistí a
una escuela privada y religiosa, de judaísmo. Entonces, cuando tenía seis años,
comencé a estudiar hebreo y los estudios judaicos. Estos temas no fueron el
foco de mis días académicos, pero me daban más tarea cuando todavía era muy
joven, y me daban una conexión muy fuerte con mi religión. Tenía clases
normales también pero el problema fue que nunca prestaba atención a mis
maestros. Nunca me castigaban, y por eso nunca cambié. Pero, por suerte,
siempre era inteligente y recibía buenas notas. Mis maestros estaban frustrados
con mi comportamiento, pero con notas buenas, una historia familiar con la
escuela y amigos, no querían suspender mi educación allí. Mis padres me daban
muchas medicinas, con la esperanza de calmarme. Los medicamentos no hicieron
efecto, entonces hay muchos cuentos cómicos de mi niñez.
Una vez, traje un teléfono falso a la escuela, y durante
una clase, simulé que el teléfono estaba sonado. Mientras mi profesora estaba
enseñando, yo contesté la llamada y dije: “Hola Mamá. Yo no quiero quedarme en
la escuela. Por favor, ¿puedas venir a buscarme? Quiero ir de compras en vez
de estudiar.” Toda la clase era en silencio. La profesora me preguntó si había
terminado con mis llamadas, y continuó con la lección. La clase se rió todo el
día, y fue muy difícil para mi profesora.
Otro día, tenía mucha energía por el síndrome de
Toretes. Durante la clase, yo alcé mi banco encima de mi cabeza y grité: “¡Soy
Superman!” Corría alrededor de la clase gritando, y molesté mucho a la clase.
No podía controlar mis acciones en mi mente, entonces no tenía sentimientos
responsables o malos. En mi mente, en ese momento fue apropiado hacer lo que
quería, y quise ser Superman. Mis padres estaban nerviosos porque el
próximo año tenía que comenzar la escuela secundaria, y no podía continuar con
mi mala conducta.
Cuando entré a la escuela secundaria, mis padres dejaron
de darme medicamentos para el síndrome de Toretes. Decidieron que necesitaba
cambiar mis modales sin ayuda de fármacos. En dos semanas, mis acciones
inapropiadas terminaron. No tenía una excusa, y tampoco no tenía una
motivación. Mi escuela nueva no necesitaba aceptar comportamientos molestos,
pero quería quedarme con mis amigos de la escuela primera.
Cuando comprendí mi habilidad de controlarme a mí misma,
el síndrome de Toretes desapareció. Después de mucho tiempo, me di cuenta de
algo increíble. La verdad fue que nunca había tenido el síndrome de Toretes.
Todo fue un error, pero por el apoyo de mi familia y mis maestros, el
diagnóstico falso fue una bendición. Comprendí el amor y apoyo incondicional
de mi familia, y por eso estaba tan segura en mi vida para continuar y buscar
mis intereses.
Emily Freedman
Español 21
La identidad perdida
Mi nombre era Lah Sung Mi. Yo nací el 25 de diciembre,
1977 en Seoul, Corea. Tenía seis años. Era un día muy frío. Miré el reloj en la
pared y eran las 5 de la tarde. Estaba en el aeropuerto internacional de Gimpo,
esperando un avión a Los Angeles en California. En diez horas, yo tendría una
vida buenísima. Era mi último recuerdo de la casa.
Yo no podía dormir en el avión porque había demasiado
ruido. Una dama agradable que estaba sentada al lado de mí me dio una bolsa de
dulces. Yo comí dos y guardé los demás para luego. Yo no sabía dónde quedaban ni
Los Angeles ni California. Todo lo que sabía era que iba a un lugar caliente,
no frío como Corea. Mi papá me dijo que yo vería a Mickey Mouse y Donald Duck
todos los días. El dijo que podía tener tantos chocolates como yo quisiera.
No podía decir nada cuando yo finalmente me bajé del
avión. Vi muchas personas con ojos azules, con narices grandes, y con labios que
son más grandes que mis manos. Ellos tenían el pelo amarillo. Una mujer alta con
los ojos verdes vino a mí y dijo algo, pero yo no entendí nada. Ella no me llamó
Lah Sung sino Catherine. Llegaba a ser una persona nueva.
Mi nombre nuevo es Catherine O’Neill. Me tomó un mes
responder a mi nombre. Fui forzada a llamar esos ‘extranjeros’ padres, hermano y
hermana. En mi mente yo decía “pero yo ya tengo padres, hermano y hermana en
Corea.” Era la niña única en mi clase con ojos almendrados, una nariz plana y
unos labios pequeñitos. Los niños en mis clases siempre se burlaban de mí por
ser diferente. Yo no entendía por qué yo estaba en este lugar llamado LA. No
entendía por qué yo no estaba con mi familia en Corea. Mi familia me hacía mucha
falta. Mis padres americanos me explicaron que fui adoptada pero yo no sabía qué
significaba realmente una adopción por mucho tiempo. Traté de no olvidarme de
las caras de mis padres coreanos. Yo traté todo lo que pude para encontrarlos
por muchos años. Llamaba a las agencias de adopción casi todos los días pero
nunca tuve suerte.
Veinticinco años más tarde, recibí una carta de alguien
llamado Lah Joon Sik. No
podía descifrar lo que él estaba diciendo con su inglés horroroso.
“Querida Sung Mi,
Yo soy tu padre y nosotros queremos verte…”
“Ayyyyy….¡mis padres coreanos!” Estaba confundida al
principio porque tenía que recordar que tenía otros padres en Corea. Pero estaba
realmente feliz de oír a mis padres coreanos. Yo inmediatamente les escribí y
escogí una fecha para nuestra reunión.
Ellos volaron de Corea para verme. Mis padres americanos
y yo fuimos al hotel donde ellos se quedaban. Vimos dos parejas viejas caminando
hacia nosotros. Yo intenté recordar sus caras pero no pude. No sabía qué hacer.
Uno de ellos me dijo que era mi padre biológico. Estaba parada allí sin ninguna
palabra aunque acababa de encontrar a dos personas que yo siempre había querido
ver. Ellos empezaron a llorar y luego procuraron explicar por qué ellos me
tuvieron que mandar para adopción. Yo no entendí absolutamente nada acerca de lo
que ellos me dijeron. De repente, yo tuve una escena retrospectiva de hace 32
años cuando acababa de llegar a los EEUU. Recordé a personas que me miraban
fijamente y hablaban conmigo. Pero yo no entendía una sola palabra. Estaba en la
misma situación otra vez. Las parejas coreanas viejas dijeron que ellos eran mis
padres, pero yo no les creía.
Después de la reunión corta, mis padres americanos y yo
condujimos del hotel a mi hogar sin ningún sentimiento de felicidad o alivio. Me
sentía perdida otra vez como la niña hace 32 años. Yo no quería ser la chiquita
que perdió una vez su identidad. Me miré en el espejo trasero mientras conducía.
Yo sólo vi a Catherine O'Neill.
Esther Kim
Español 21
El rey de las montañas
En un país muy pequeño, había un reino en un valle. Por muchos años
había un problema serio en este reino. Las personas no estaban de acuerdo con
las leyes del país. El rey se llamaba Jaco y era un hombre inteligente y
sincero. Pero había problemas en su reino porque él no entendía los
sentimientos de los habitantes de su reino. Un día, Jaco se dio cuenta que él
necesitaba ayudar a la gente de su país.
Jaco
decidió enseñar a su hijo, Cartago cómo gobernar el reino.
-Niño, ¿sabes cómo gobernar un reino? Es muy difícil, tú sabes que en el
pasado los habitantes de nuestro reino no tenían suficiente educación e igualdad.
-Pero Papá, ¿cómo puedo ayudar a estas personas?
-No sé, hijo. Tienes diez y ocho años y serás el rey muy pronto.
-Pero Papá…
Jaco salió de la habitación para sorpresa de Cartago. Cartago empezó a pensar sobre
las cosas que un gobierno bueno tiene. Cartago estaba pensando por muchos días y no
decidió nada. Por eso, Cartago decidió que él necesitaba ir a los pueblos de
las montañas para entender a los habitantes de la tierra.
Cartago ya tenía diez y ocho años y él nunca salía afuera de su castillo. Cartago
se preparó para salir de su castillo. Él se puso la ropa para el clima de las
montañas. Jaco sabía que Cartago quería aprender las cosas del gobierno y él sabía
que había mucho peligro. Pero Jaco decidió que Cartago era un niño fuerte e
inteligente, y por eso, Jaco le dio comida y una espada.
Cartago salió de su castillo durante la mañana y empezó a caminar rápidamente en
dirección a las montañas. Cartago tenía mucho miedo de los ladrones y los ogros,
pero Cartago quería aprender las cosas de su país, y continuó con fervor. Cartago
caminó ochenta kilómetros en su primer día y decidió dormir cerca de un río. Cartago
se quedó dormido muy rápido y durmió tranquilamente. Pero en medio de la noche
oyó un ratón. Él abrió su tienda lentamente.
-No es un ratón, ¡es un ladrón! Exclamó Cartago. Cartago empezó perseguir
al ladrón que se sorprendió y se cayó.
-Lo siento, señor, tengo mucha hambre y necesito esta comida más que usted, dice el
ladrón.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Pablito.
-Puedes comer conmigo, pero necesitas acompañarme a las montañas mañana.
-Tiene mucha suerte, señor, soy de un pueblo en el volcán.
-¡Qué bueno! Me llamo Cartago Fuego. El ladrón se sorprendió mucho con ese nombre.
-¿Eres el príncipe de esta tierra? ¡Dios míos!
En la mañana, Pablito y Cartago caminaron por el volcán. Durante el viaje, Cartago
aprendió muchas cosas sobre los habitantes de su tierra. Finalmente, Cartago y
Pablito llegaron al pueblo del volcán y Cartago empezó a hablar con todas las
personas del pueblo.
Con el tiempo, Cartago aprendió todos los problemas de la tierra y viajó a otros pueblos y
cuando volvió a su castillo, sabía cómo gobernar con éxito.
-¡Cartago! ¿Cómo te fue? ¿Aprendiste mucho? exclamó Jaco.
-Sí, padre. Sé cómo ayudar a este país, dijo Cartago.
Cartago y Jaco cambiaron muchas cosas en su país. Y por muchos años el país prosperó mucho.
Reid Oldenburg
Español 21
Sin título
Tengo cinco años. Estoy es mi segunda semana de la escuela. La
escuela es muy nueva para mí. Juego con los otros niños y leo unos libros
interesantes. Me gusta hablar con mis nuevos amigos. No me gusta sentarme
quieta ni escuchar a la profesora. Todos los días ella nos dice avisos y lee
las reglas. Creo que esta parte de la clase es muy aburrida. Ella está
hablando hoy de sillas nuevas. No creo que las sillas nuevas son interesantes.
Esta es la cosa más aburrida que ella dice. Estoy aburrida, pero no le digo.
Me levanto de mi silla. Empujo mi silla debajo de la mesa y camino a un rincón
del cuarto. En el rinconcito, bailo. Hago pivotar mis brazos. Me muevo las
piernas. Doblo mis rodillas. Golpeo ligeramente mis dedos del pie. Mi danza
es muy buena. Mi profesora no está enojada. Ella me sonríe.
Ella no grita. Acabo de bailar y me siento. Mi maestra es maravillosa. La amo.
Sarah Wilber
Español 1
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